//Jenofonte y Los Juegos Olímpicos en la antigua Grecia

Jenofonte y Los Juegos Olímpicos en la antigua Grecia

La geografía de este territorio propició el desarrollo de ciudades rurales autosuficientes y muy fragmentadas desde el punto de vista político. La falta de caminos viables dificultaba el intercambio de productos e ideologías. Puede decirse que el único elemento común de las gentes de este territorio era el desarrollo de una vida preponderantemente rural que, obviamente, variaban en sus productos según los suelos en los que se establecían.

De todos modos, existieron regiones en las que pudieron desarrollarse economías basadas en las grandes propiedades y fue en estas, generalmente propicias a los pastos, donde se desarrolló la cría del ganado mayor y, en particular, la del caballo.

La caballería era habitual en el ámbito egeo. En Micenas estaba organizada hacia el 1250 a. C., lo mismo que en Anatolia Occidental, como puede verse en los restos de las excavaciones de Troya, donde se han encontrado huesos de caballos fechados hacia el 1850 a. C.

Centauromaquia. El Partenón (447-432 a. C.) de Fidias

Jenofonte: el padre de la hipología y la hipiatría

El más grande tratadista de la Antigüedad es el griego Jenofonte. Si bien tiene un precedente algo anterior, Simón de Atenas, pero solo se conserva de su texto un fragmento de cierta extensión en Cambridge (Inglaterra), así como la referencia del propio Jenofonte.

Jenofonte (nacido hacia el 426 a. C., posiblemente un año después que Platón) escribe el primer tratado que nos ha llegado completo, hacia el 360 a. C.: De la Equitación. Seguidamente escribe: El jefe de la caballería. Según el propio autor, ambos tratados se complementan. Las directrices expuestas en sus libros son de gran importancia práctica y superiores a los trabajos fragmentados de Kikkulis (s. XIV a. C.) y Simón (s. IV a. C.).

Jenofonte se ocupa ya plenamente del caballo montado. Pasa por alto una serie de cuestiones como el picadero, las caballerizas, el bocado, la silla, pero, sin duda, no lo escribe porque son elementos cotidianos y conocidos por sus contemporáneos. Su obra es, en general, acertada y sus consejos de orden práctico, sorprendentemente actuales: es exacto en la descripción de la forma de embridar, de sentarse, saltar, etc. Sus apreciaciones sobre la forma de ser del caballo son muy actuales. En realidad, sus enseñanzas constituyen la base del actual conocimiento y metodología del entrenamiento.

Friso de Ia cella del Partenón. Cortejo de caballeros del lado norte (447-432 a. C.)

Concluye el tratado con una alusión al libro El jefe de la caballería, que recomienda como imprescindible para completar el tema, sobre todo en el aspecto militar. La influencia de Jenofonte en la organización de la caballería ateniense tuvo que ser muy importante, debido a este doble papel representado por él con sus tratados y su propio servicio activo.

Jenofonte recomendaba la misma flexibilidad e independencia del asiento que hoy en día sigue prescribiéndose: «Cuando se siente, sea a pelo o sobre un paño, no recomendaremos la posición como si fuera sobre un carro, sino recto, como si estuviese andando, con las piernas bien abiertas, pues así se agarrará mejor al caballo con los dos muslos, y, si está recto, podrá disparar y herir desde el caballo con más fuerza, si fuera preciso. Es necesario, además, dejar suelta desde la rodilla, la pierna y el pie, pues si Ia mantiene fija y choca con algo, se puede romper. En cambio, si la pierna queda libre y cae algún objeto sobre ella, cederá y no moverá el muslo en absoluto. Es preciso, asimismo, que el jinete se acostumbre a que su propio cuerpo, de caderas arriba, quede lo más libre posible pues de este modo podrá hacer mayores esfuerzos, e incluso si alguien lo arrastra o empuja, caerá con menos facilidad».

Jenofonte

Jenofonte conocía los movimientos de Alta Escuela que eran usados por los jinetes atenienses para realizar sus desfiles pues habla incesantemente de cabriolas y aires artificiales: «Y causa una admiración tan grande el caballo que cabriolea, que atrae las miradas de todos cuantos lo ven, jóvenes y viejos». Asimismo, menciona también con detalle la equitación de campo a través que hace a los caballos de desfile tan útiles para la caza o para la guerra. A través de sus enseñanzas, la sensibilidad de Jenofonte hacia la psicología del caballo es importante. Podría llamársele el primer psicólogo del caballo.

El caballo en los primeros Juegos Olímpicos

«Olimpia es un lugar sagrado. Quien ose penetrar en él con armas será considerado sacrílego. De igual impiedad se considerará a quien no castigue a los sacrílegos si ello está en su mano».

Este era el emblema que rezaba en el disco de cobre que señaló el comienzo de los Juegos Olímpicos y, con él, queremos iniciar significativamente este sintético relato del mundo antiguo, donde mitos, leyendas e historia se confunden formando un conglomerado de difícil discernimiento.

Aunque generalmente todo aficionado, amante o simplemente interesado en el mundo del caballo, tiene la creencia de que este, o, mejor dicho, la práctica de la equitación, siempre han tenido su lugar entre las disciplinas que han integrado desde siempre los Juegos Olímpicos, la realidad es otra.

Los Juegos Olímpicos

Estos se celebraban cada cuatro años en la ciudad de Olimpia, en honor a Zeus Olímpico, principal dios de los griegos cuya morada era el Monte Olimpo. Estos Juegos, por la importancia que se les concedió desde un principio, y también por su inherente carácter religioso y ritual, eran capaces de alterar el orden histórico de esta civilización ya que, incluso tiempo antes de su celebración, se interrumpían las guerras a fin de que todos los griegos pudieran asistir a ellos en paz y, también en paz a su término, regresar a sus hogares -de ahí posiblemente el actual matiz interpretativo de los mismos y su significado de unión de patrias en paz.

Los Juegos Olímpicos y sus disciplinas: La introducción de las diversas modalidades o disciplinas en los primitivos Juegos Olímpicos es paulatina. Así, en el año considerado como oficial de su fundación encontramos el stadio (carrera corta en las que los atletas corrían unos 200 m.) a la que, en sucesivas ediciones, se incorporaron otras: el diaulós (comparable a una carrera de 400 m., actuales) en la Olimpiada XIV; el dólico (o carrera de resistencia), en la XV; Ia lucha, en la XVIII edición, y otras como el lanzamiento de jabalina y disco y el pentatlón que comprendía cinco pruebas -de ahí su denominación-: el stadio, el salto de longitud en sus modalidades de skamma y halteras; el lanzamiento del disco y de jabalina y la lucha libre.

Por fin, en la edición XXV (s. VI a. C.), se incluyeron las pruebas hípicas, las carreras de cuadrigas y las carreras de caballos.

La primera constaba de doce vueltas al hipódromo sobre un carro de dos ruedas tirado por cuatro caballos. En la segunda, no era ni tan solo imprescindible que el jinete llegase sobre su montura a la meta, sino que el primer caballo que la cruzaba era considerado el vencedor.

Pronto, estas pruebas se convirtieron en una de las más ostentosas ya que en ellas los griegos más ricos de toda la Hélade rivalizaban por presentar los mejores equipos.

Se incorporaron aún otras pruebas y siguió así la historia de estos Juegos hasta que en el año 393 d. C. se celebró la última Olimpiada en Grecia. La celebración de los Juegos Olímpicos pasó a Roma, hasta que en el año 426 d. C. un decreto del emperador Teodosio I acabó suprimiéndolos.